Surgimiento de Candidatos Anti-establecimiento en Encuestas

Elección Presidencial 2016: A Un Año del Día E

(1) La popularidad de las elecciones primarias

El martes 8 de noviembre de 2016 los votantes estadunidenses elegirán un nuevo presidente como sucesor de Barack Obama (demócrata), quien ocupa el cargo desde enero 2009. La elección presidencial será el evento político cumbre de 2016—salvo que Vladimir Putin y/o Siria tengan algo más que decir—y uno que ya está generando expectativas efervescentes, aun cuando estamos a un año de la jornada electoral: el “Día E”.

Para caracterizar la inusitada popularidad de las elecciones primarias, valgámonos de las estadísticas televisivas.  Tan solo el primer debate del partido republicano, organizado por la cadena Fox, fue observado por 24 millones de estadunidenses.  Hablamos del 7.5% de la población o el 16% de los hogares con televisión, convirtiéndose en el segmento noticioso y evento no-deportivo más visto en la historia de la televisión por cable. Todo un hito.

¿Cómo se comparan estos numeritos con la elección de 2012? El primer debate de la elección primaria republicana anterior, también transmitido por Fox, tuvo una audiencia televisiva de 3.3 millones de espectadores—86% menos que el debate del 6 de agosto pasado. El debate más visto de todo el ciclo electoral 2012 tuvo una audiencia de 7.6 millones, quedando lejos de los niveles alcanzados en los  primeros cuatro debates del ciclo 2016—24M, 22.9M, 14M y 13.5M, cronológicamente.

La historia pinta similar en el partido demócrata. El primer debate organizado por CNN el pasado 13 de octubre tuvo una audiencia de 15.3 millones de televidentes, superando los 10.7 millones de su par organizado por ABC en 2008, otrora más visto en la historia. Cabe recordar que no hubo proceso interno demócrata en 2012 al postularse Barack Obama para la reelección. Y aunque el debate del 14 de noviembre tuvo una audiencia menor (de 8.66 millones de televidentes), ésta fue alta para un sábado por la noche.

Ambas primarias están rompiendo récords bajo cualquier métrica. La explicación facilona pasa por las redes sociales. (Sí, Facebook y Twitter no tenían la penetración e influencia que tienen actualmente. Concedido.) Pero un análisis más cuidadoso apunta a que la relación política-redes sociales es más sintomática que explicativa. Primero veamos qué es lo que hace a esta elección distinta a las anteriores. ¿Por qué están teniendo los candidatos tanta resonancia en el elector?

(2) La Era Post-Gran Recesión como caldo de cultivo…

La economía mundial enfrenta una compleja restructuración a raíz de que los cambios tecnológicos acelerados suelen acentuar en el corto plazo las brechas de desigualdad salarial, al premiar desproporcionadamente a quienes poseen habilidades técnicas cada vez más avanzadas y disponibles para unos cuantos. Economistas influyentes como Thomas Piketty, Paul Krugman o Joseph Stiglitz han denunciado hasta el cansancio las imperfecciones e inequidades de los mercados globales para abatir las brechas salariales existentes. Aunque éstas no son un fenómeno particularmente reciente, la crisis financiera espoleó un sentimiento generalizado de injusticia, al quedar vista ésta como la resaca de una noche de casino en Wall Street, donde los multimillonarios se beneficiaron durante años por la regulación y el esoterismo financiero, eludiendo fuertes sanciones luego de haber enviado el sistema de pagos de la economía mundial al borde del colapso. Al menos ésa es la sabiduría convencional en los círculos de izquierda. En los de derecha, la sabiduría convencional culpa al gobierno y su incapacidad para regular los mercados financieros y gastar eficientemente para reducir la desigualdad, manteniendo la deuda pública estable. Esta batalla ideológica se ha enquistado en Washington DC posterior a la Gran Recesión.

El encono en la capital del país es evidente y ha ido empeorando desde que los demócratas perdieron las riendas de la Cámara Baja en 2011. Cierto, no es la primera vez en la historia que el presidente y el Congreso chocan por ideología e intereses partidistas. Ni será la última. Pero rara vez en la historia las finanzas públicas de los Estados Unidos habían estado tan presionadas por la deuda federal—acumulada en los años previos y posteriores a la crisis financiera. Según datos de la Reserva Federal de San Luis, la deuda pública en relación al Producto Interno Bruno (PIB) de los Estados Unidos supera el 100% por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial (ver Gráfica 1).

El país perdió en 2011 la calificación AAA que tenía—la más alta posible para cualquier deuda soberana. Esto ha ocasionado que la política fiscal expansiva no haya sido tan duradera como en recesiones anteriores. También ha dado cabida a que movimientos ultra-conservadores como el Tea Party emerjan. Éste justamente tomó fuerza en 2009, durante el punto más bajo de la recesión. Sumando que el techo de endeudamiento público y el presupuesto federal tienen que ser renegociados constantemente por diseño constitucional,  el resultado es un constante impasse político—el caldo de cultivo perfecto para que el hartazgo ciudadano con la clase política se haya generalizado[1]. Y este sentimiento de cansancio ha encontrado recientemente  voces de expresión.

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(3) …para la aparición de candidatos anti-establishment

La crisis financiera y la desilusión con la clase política tradicional fueron terreno fértil para la aparición en escena de múltiples candidatos anti-establishment (o ajenos al sistema) en ambos frentes de batalla: demócrata y republicano. Los medios de comunicación han optado por asignarles el término “populistas” para agruparlos, principalmente porque prometen medidas severas contra instituciones tradicionales del sistema político y económico estadunidense. Aunque este  término suele tener una connotación viciada y negativa, al menos cumple el propósito de ilustrar el distintivo de esta elección: la inaudita conexión entre los candidatos y el electorado.

Del lado republicano, tres candidatos anti-establishment compiten por la nominación del partido: Donald Trump (empresario), Ben Carson (neurocirujano) y Carly Fiorina (ex ejecutiva de negocios). Ellos tres se suman a otros (¡catorce!) candidatos—aunque tres ya declinaron—con perfil tradicional partidista para completar una lista de aspirantes que supera el anterior máximo histórico republicano de quince candidatos, alcanzado en 1948. Actualmente, los candidatos anti-establishment republicanos ocupan los lugares uno, dos y seis en la encuesta de encuestas de Real Clear Politics (RCP), juntos alcanzando el 50.8% de la intención de voto entre electores republicanos (ver Gráfica 2 y Tabla 1).

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Los tres candidatos comparten la insignia “independiente”. Critican constantemente a la clase política tradicional, desligándose de Washington y del cabildeo legislativo. No obstante, apelan a electores distintos. Es ya conocido cómo Donald Trump ha escalado en las encuestas con un discurso racista que busca apelar al elector republicano blanco, conservador y poco educado—el más propenso a ser afectado por la reconfiguración económica estadunidense y la globalización. Si bien sus desaciertos en los debates han sido constantes, especialmente en temas de política exterior (e.g., el conflicto en Medio Oriente), el magnate se ha mantenido en primer lugar desde julio en la mayoría de las encuestas nacionales. Gran parte de la caída del otrora candidato puntero, Jeb Bush, es explicada por el ascenso de Donald Trump, cuyo temperamento mercurial contrasta con el carácter templado del ex-gobernador de Florida.

Otro candidato anti-establishment, Ben Carson, mantiene una distancia corta en las encuestas con Donald Trump, por momentos dando la impresión de que puede arrebatarle el liderato. Sin embargo, dislates en política exterior y un malentendido sobre su vida personal han frenado su ascenso en las últimas semanas. Ted Cruz y Marco Rubio, ambos jóvenes senadores hijos de migrantes latinos, provenientes de bastiones republicanos (Texas y Florida, respectivamente) y consistentemente conservadores, parecen posicionados para ganar la nominación en caso de que la popularidad de Trump o Carson se desinfle cuando la etapa crítica de la contienda interna comience, en febrero.

Donald Trump es un personaje controversial, o simplemente un personaje. Suele escudarse en son millones de dólares—que son bastantes— para decir en público cualquier cosa que le viene en gana. Esto tiene atractivo con el elector conservador y en el corto plazo, pero queda aún por verse si el apelativo persiste en el tiempo y en condiciones distintas (i.e., conforme el número de candidatos se vaya reduciendo). El grado de desgaste mediático puede pesar. Podrá criticársele desde múltiples ángulos, pero Trump tiene un talento natural como polemista y pararrayos de atención (ver Gráfica 3).

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Del lado demócrata, la historia es distinta. Luego de que el vice-presidente Joe Biden declinó competir por la nominación del partido, todo parecía terso para que Hillary Clinton arrasara. El ascenso de Bernie Sanders durante el verano fue sorpresivo y ha tenido efectos visibles en la contienda demócrata (ver Gráfica 4). Nadie en su sano juicio creía que un auto-declarado “socialista” pudiera seriamente aspirar a ocupar la Casa Blanca. Al menos no de corto plazo, dada la historia política y económica de los Estados Unidos. Aun con una eventual derrota, Sanders ha logrado desplazar la contienda a la izquierda del espectro ideológico mediante un discurso atrevido, obligando a Hillary Clinton a contratacar con propuestas de política pública menos centristas de lo que se esperaba. Sus posturas en contra del acuerdo comercial TPP y del gasoducto Keystone, además de sus propuestas fiscales y educativas, se dan a conocer cuando Bernie Sanders cerraba la brecha en las encuestas aceleradamente (ver Gráfica 4 y Tabla 2).

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¿Cómo se explica esta popularidad? Bernie Sanders ha apelado al elector joven demócrata e independiente con discursos apasionados y críticos de la desigualdad social en los Estados Unidos. La picardía del Senador por Vermont contrasta con la acartonada lucha social de Clinton—que bien sigue siendo lucha social. El discurso de Bernie Sanders suena más auténtico y espontáneo que el de su rival demócrata, quien generalmente cuida in extremis las formas y es cautelosa en tomar posturas anticipadas o en contra de grupos de interés liberales. Sanders es quizá quien menos hable públicamente de su vida privada, dirigiendo enérgicos embates a Wall Street y a la clase multimillonaria que paga pocos impuestos. Aunque actualmente su campaña ha perdido gas—atribuible a aciertos de Hillary Clinton en los debates y en testimonio ante el Congreso sobre el Caso Benghazi—y la distancia con el primer lugar es significativa, permanece en la contienda valiéndose de promesas electorales arriesgadas, como garantizar universidad pública gratuita y tasas de interés bajas a estudiantes. (De ahí su apelativo de “populista”.)

Ese radicalismo Región 1 de Bernie Sanders hace improbable que pueda ganar la nominación demócrata, aun en el contexto político actual. Por un lado, el elector fiel al partido liberal sabe que un eventual triunfo de Sanders puede poner en riesgo la continuidad partidista en la Casa Blanca. En un ambiente tan polarizado, hay alta aversión al riesgo y al polo opuesto. Por otra parte, el discurso “independiente” de Sanders enajena a grandes donadores, aunque en este caso fue el mismo candidato quien rechazó tener comités recaudadores de fondos—o “PACs”, que generalmente buscan apoyo político para sus intereses específicos a cambio de apoyo económico.

Las pequeñas contribuciones han mantenido a Sanders peleando con Clinton (ver Gráfica 5), así como éstas hay ayudado al resto de candidatos anti-establishment republicanos. Dos factores clave hacia adelante serán: (1) la tasa de crecimiento de pequeñas contribuciones para cada candidato, al avanzar la contienda; y (2) el grado de conversión de apoyo de un candidato anti-establishment a otro—es raro imaginar a un simpatizante de Sanders apoyando a Trump si el primero queda fuera de la contienda, pero la posibilidad existe.

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(4) El incierto porvenir

¿A dónde nos llevan las primarias? Por un lado, hemos visto cómo los candidatos anti-establishment son todo menos generación espontánea. Un largo proceso de descontento con la clase multimillonaria y política en Estados Unidos ha hecho que ganen tracción visible recientemente. Cambios en el sistema de contribuciones a las campañas, el gran número de contendientes y la creciente penetración de redes sociales contribuyen a este fenómeno, al disminuir las barreras de entrada para los candidatos con perfiles alejados del convencionalismo. Las encuestas revelan que el 51% de los electores republicanos votarían hoy por alguno de (a) un multimillonario egocéntrico y xenófobo; (b) un neurocirujano adventista y poco diestro en política exterior; o (c) una exejecutiva de Sillicon Valley con un historial opaco. Y del lado demócrata, 30% lo harían por un auto-declarado “socialista” que no acepta donaciones de grupos de interés. Hay visible descontento con el sistema.

Cabe señalar que las encuestas nacionales pintan un retrato incompleto de la contienda. Tanto la elección general como las primarias funcionan con sufragio indirecto, donde delegados del electorado general votan representando a su estado. Aunque su número varía elección a elección y partido a partido, típicamente los estados más poblados tienen un mayor peso, al ser asignados una mayor cantidad de delegados[2]. Cada territorio es una historia nueva y diferente, especialmente considerando que las primarias están escalonadas (ver Tabla 3). Ambos partidos arrancan su proceso electoral el primero de febrero, en Iowa. De esta fecha a julio, cuando en la convención nacional de ambos partidos se conozca el nombre de los dos candidatos presidenciales, habrán de pasar seis meses. De ahí que cada estado pueda ser influenciado tanto por idiosincrasia (i.e., particularidades propias), como por los resultados anteriores en otros estados. A medida que la cantidad de candidatos se reduzca, el enojo con el sistema se irá aglutinando en tiempo y espacio.

Estas elecciones primarias pasarán a la historia por su alta popularidad. Aunque es incierto si las cifras de audiencia se traducirán en alta participación en las urnas,  hay otros efectos sutiles que empiezan a materializarse, vía: extensa representación ideológica; creciente crispación interna partidista (republicana, principalmente); cuantiosas pequeñas donaciones alimentando candidatos ajenos a grupos de interés tradicionales; y muy importante, llamados de atención a la clase política tradicional de que el impasse político y la condonación fiscal impúdica tienen efectos electorales nítidos.

¿En qué terminará esto? Habrá que esperar un año para saberlo. Mientras tanto, disfrutemos del espectáculo, que nos queda un largo camino por recorrer; un mundo de candidatos por escudriñar; y claro, una congregación de gritos ((con eco)) de descontento popular por atestiguar.

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REFERENCIAS

Composition of Congress, by Political Party, 1855–2017. (2015). Obtenido de: http://www.infoplease.com/ipa/A0774721.html

Dickinson, M. (2015, junio 24). Not All In It to Win It: Why are so many Republicans running in 2016? Obtenido de: http://www.usnews.com/opinion/blogs/opinion-blog/2015/06/24/why-so-many-republicans-are-running-in-2016

Election 2016 Presidential Polls. (2015, noviembre 25). Obtenido de: http://www.realclearpolitics.com/epolls/latest_polls/president/

Federal Debt: Total Public Debt as Percent of Gross Domestic Product. (2015, septiembre 25). Obtenido de: https://research.stlouisfed.org/fred2/series/GFDEGDQ188S

Presidential Campaign Finance, 2016. (2015, septiembre 30). Obtenido de: http://www.fec.gov/disclosurep/pnational.do

Riffkin, R. (2014, diciembre 15). 2014 U.S. Approval of Congress Remains Near All-Time Low. Obtenido de: http://www.gallup.com/poll/180113/2014-approval-congress-remains-near-time-low.aspx

[1] Según cifras de Gallup, la aprobación promedio del Congreso de los Estados Unidos en 2013 y 2014 fue de 13% y 14%, respectivamente. El 13% de 2013 marcó un mínimo histórico desde que se lleva registro. 

[2] Paradójicamente, los candidatos con más votos a nivel nacional no tienen garantizado el triunfo. Puesto de una manera simple e hipotética, California puede tener 100 habitantes de población y 10 delegados asignados para la convención nacional; mientras Arizona y Colorado, sumados, 90 habitantes y 9 delegados, equivalentemente. Bajo estos supuestos, podríamos atestiguar que el candidato A gane en California con 55% de votos (contra 45% de B); y que el candidato B lo haga en Arizona y Colorado con 60% (contra 40% de A). Así, el candidato A sumaría 10 delegados y 91  votos (55% + 40%), mientras B obtendría 9 delegados y 99 votos (45% + 60%), ganando A la elección general con una mayor cantidad de delegados, pero menor número de votos agregados.

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